miércoles, 15 de junio de 2011

Todo vuelve

Y vuelve ese dolor que me cierra el estómago y me impide respirar. Esa lluvia de lágrimas, ese llanto ahogado por mis pensamientos, por mis sentimientos, por mi sentido común. Ya no soy nada, no pienso nada, no digo nada. Llueve, y mi mirada se nubla. Y todo es negro, negro, negro. Pasan los segundos, los minutos. No hay ningún rayo de luz, no hay salida al final del túnel, no hay nada. Negro. ¿De dónde sale tanta oscuridad? No pienso, sólo escribo, y sigue lloviendo. Y pienso en todos aquellos que forman parte de mi oscuridad, en todos los que han convertido cada partícula de luz en un inmenso agujero negro… y llueve. Todos aquellos que viven ignorando los problemas que ellos mismos han ocasionado, los conflictos mantenidos en silencio, convertidos en una intensa guerra fría de la que sólo yo parezco ser consciente. Creen ser más felices viviendo en la ignorancia… ignorantes. Todo cae por su propio peso, y yo parezco estar bajo tierra, mientras ellos revolotean por encima mío, creyendo ser gigantes con la fuerza suficiente para aplastar a cualquier insignificante hormiga que se cruce en su camino. Ese es el rol. Yo soy la hormiga rodeada de gigantes. 

Su peor enemigo

Estoy segura de que la mayoría de vosotros ha tenido alguna vez un perro como animal de compañía. Si es así, sabréis que son animales vulnerables, débiles y que en la mayoría de los casos no saben valerse por si solos. Muchos de nosotros adoramos a estos seres, pero por desgracia, hay una relativa mayoría que no piensa igual: los torturan, maltratan y abandonan sólo por el hecho de sentirse superiores, utilizando la violencia como placer.

En otros casos, los dueños no pueden hacerse cargo del perro por diferentes motivos, y su decisión es abandonarlos. Otra de las opciones es entregarlo a la perrera. Las perreras teóricamente fomentan el hecho de darles cariño a los perros y darles todo lo que necesiten para garantizar su bienestar. Digo teóricamente porque un alto porcentaje de perros es sacrificado al año por estas mismas perreras. Suelen hacerlo con los más viejos, problemáticos o los que no quiere nadie. 

Recientemente se ha establecido un plan de mayor control para las perreras, el cual consiste en hacer constantes revisiones a estos centros para garantizar que su higiene y sus condiciones sean adecuadas. Parece ser que con esta nueva normativa las condiciones de las perreras de España han mejorado un poco más. Aunque, por desgracia, la gran mayoría siguen siendo auténticos estercoleros, y un verdadero infierno para los animales que habitan en ellas. Hace poco me enteré de un caso que sucedió en una perrera de España tres años atrás.

Por lo visto en esta perrera se refleja la situación de muchas otras en España, en la cual, morían decenas de animales diariamente, ya sea por enfermedades ignoradas por el veterinario del centro (contratado por el ayuntamiento del municipio), o directamente por los sacrificios que se llevaban a cabo dos veces a la semana, y que éste mismo realizaba. La enfermedad más abundante era la parvo virosis, una enfermedad letal y dolorosa que surgía a causa de la falta de higiene y pésimas condiciones en las que se encontraban los animales. Esto sucedía porque los perros no estaban seleccionados ni por edad, ni por tamaño, ni por su condición de salud. Este hecho fomentaba la continua transmisión de enfermedades entre los animales y como consecuencia un aumento de muerte y sacrificios en este centro. Además, se comentaba que los dueños de los animales no podían ver el establecimiento, ni donde estarían sus mascotas, hecho que infunda sospechas no demasiado agradables. Todo esto no sólo significa una grave falta de moral y ética, sino también, un incumplimiento de la ley.

Por esta razón se están llevando a cabo diferentes inspecciones a todas las perreras de España, con el objetivo de acabar con esta masacre y devolverles el bienestar y el cariño que se merecen estos seres.  De todas formas, antes de dejar a vuestro perro o gato en una perrera, pensároslo dos veces e informaros de las condiciones en las que estará.

Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre... No sería justo que nosotros nos convirtiéramos en su peor enemigo, ¿no creéis? 

Nadie dijo que fuera fácil

Siempre tendemos a magnificarlo todo. Como si las cosas no fuesen suficientemente complicadas de por si… Pues no,  nosotros siempre tenemos que engrandarlo todo muchísimo más, ya sabéis, para darle emoción a la vida, y esas cosas. Nos gusta torturarnos, nos encanta experimentar como la angustia, la frustración y el sufrimiento se clavan en nuestro pecho, dejándonos un nudo en el estómago que impide que engullamos cualquier tipo de alimento.

Experimentamos el dolor, lo sentimos, y nos regodeamos de ello. Nos compadecemos de nosotros mismos. “Pobre de mí, ¿Qué habré hecho yo para merecer esto?” Pues algo seguro que has hecho. O no. A veces las desgracias vienen solas. Sin comerlo ni beberlo. Te introduces en una espiral de mala suerte, y lo único que haces es esperar a ver ese rayito de luz al final del túnel, o del pozo (depende de la dimensión del “problema”). Y pongo problema entre comillas porque muchas veces vemos problemas donde no los hay. Si utilizamos un poco el sentido común y aprendemos a ver las cosas con un poco de perspectiva quizás el 60% de problemas dejen de serlo. Sí, es muy fácil decirlo, pero solo por el hecho de que sea difícil aplicarlo, no significa que no debamos intentarlo.

Nos subestimamos. Llega un punto en que parece que todo el mundo confía en ti, menos tú. Pero gracias a Dios, ahí está el tiempo, nuestro salvador. A medida que van pasando los días, parece que la dimensión del problema disminuye y pensamos: “Ah, pues no era para tanto”. Claro que no era para tanto. Y nuestra autoestima sube un peldaño. Volvemos a ser un poco más nosotros mismos y nos desentendemos del sufrimiento pasado.

Esto estaría muy bien si la próxima vez que nos encontráramos en una situación similar supiéramos cómo reaccionar (de los errores se aprende). Pero no es el caso. Volveremos a decaer una y otra vez, condenados a hundirnos en la tristeza cada X tiempo.

Pero no pasa nada, no es culpa nuestra.  Así parece que culpando a un factor externo nos sentimos mejor. Pero lo único que hacemos es engañarnos a nosotros mismos. A veces sí es culpa nuestra, y no nos queda otra que reconocerlo, machacarnos y vivir con ello, pensando que si hubieses echo las cosas de otra forma, ahora mismo no estarías así de hundido. Ya sabéis,  dicen, que el primer paso es reconocer las cosas. Como si fuese tan fácil…

Bueno, nadie dijo que fuera fácil. 

La suerte sólo favorece a los valientes

Todo empieza en nada. Llevas toda tu vida esperando algo, esperando ese “bum” que haga que las cosas cambien. Vives tu vida, dejando que pase, que fluya, y piensas: “A lo mejor mañana será un gran día”. Te despiertas, ilusionado, preguntándote qué te tendrá preparado el destino. Bajas al bar de abajo (el de siempre), hoy el camarero está más antipático que de costumbre. Le miras y sonríes, esperando como respuesta algún gesto amable. Nada. Vaya manera de empezar un “gran día”… Trabajo, una hora para comer, trabajo, cinco minutos para un cigarrillo, trabajo, casa… Las ocho de la tarde. Enciendes el televisor mientras cenas. Te sientas en el sofá. Apagas el televisor y te quedas mirando la pared del comedor, pensando: “Tendría que pintarla de un color más alegre, el blanco es deprimente”. Como si cambiar el color del comedor te hiciera estar menos depresivo… No te queda nada mejor que hacer. Te acuestas. Piensas en el camarero. Luego en tu jefe. En la secretaria con voz de pito que te saluda todas las mañanas. En… ti.

Te levantas, vas a un bar distinto, a uno al que no habías entrado nunca, el camarero te saluda, te sonríe, el café con leche está realmente bueno. Te diriges al trabajo, entras rápido para que a la secretaria no le dé tiempo de verte, y así ahorrarte oír su vocecilla en tu cabeza durante todo el día. Vas al despacho de tu jefe y le presentas tu dimisión. Sales de allí, a la vez que te desatas la corbata, y sientes que respiras, por fin. Te cruzas con una chica, preciosa, le sonríes, te sonríe. Te miras en un escaparate, y te sientes realmente atractivo. Caminas, sin rumbo, sintiéndote libre, pensando en un proyecto de futuro, crear tu propio negocio, ser tu propio jefe. Por fin ha llegado ese día, el día en que todo ha cambiado. El gran día. El principio de todo. Y te das cuenta de que no puedes pretender que el rumbo de tu vida cambie por sí solo, hay que tomar cartas en el asunto. Y por fin lo has hecho, te has enfrentado a ello y has salido victorioso.

Te despiertas.

El sueño queda en eso, en un sueño. Bar de abajo, trabajo, casa…

Todos soñamos con vivir otra vida, ¿cuántos tenemos el suficiente valor para intentar cambiar las cosas? Es cierto que un poco de suerte siempre ayuda, pero recordad, que la suerte sólo favorece a los valientes. 

domingo, 12 de junio de 2011

Que me tiemblen las piernas

Si nos paramos un segundo a preguntarnos que es realmente la vida, probablemente no encontremos ninguna respuesta. ¿A caso alguien tiene una respuesta para eso? Simplifiquemos un poco la pregunta. ¿Cuál es el verdadero objetivo de “vivir”? Naces y mueres. ¿Eso es todo? Yo creo que no. Dicen que lo realmente importante no es la meta, sino el recorrido. Eso es lo que intenta enseñarnos la vida. Muchos pensamos que el principal objetivo de vivir es encontrar la felicidad y hacer que permanezca con nosotros el mayor tiempo posible. Qué estupidez. La felicidad es efímera, tanto, que cuando se clava en nuestra piel, ni si quiera somos capaces de notarla. Estamos tan concentrados en buscarla que no nos damos cuenta de que en realidad ya la hemos encontrado. Estaba ahí. Ha permanecido junto a nosotros durante esa milésima de segundo. Qué estúpidos somos. Hemos dejado pasar una milésima de segundo de esa felicidad tan ansiada. ¿Y ahora qué? ¿Que nos queda? Esperar a volver a sentirla. Pero probablemente la próxima vez tampoco seamos capaces de apreciarla. Y así sucesivamente. Así pasan nuestras vidas, y así mueren, dejándonos ese gusto amargo, esa sensación de tristeza, de saudade, de desesperación. Es un círculo vicioso, jamás deja de girar, y jamás nos deja ver más allá. Aquí es cuando llega el conformismo. El camino fácil, no nos queda otra que conformarnos con lo que tenemos. Conformarnos con dejar pasar miles de milésimas de segundo de felicidad sin ni quiera ser capaces de notarlas. ¿Así es la vida? Un poco decepcionante, ¿no? Yo esperaba un poco más, la verdad. Siempre esperamos más. Siempre queremos más. ¿Entonces, en qué quedamos? ¿En que somos conformistas o en que siempre aspiramos a poseer lo que no tenemos? Quien sabe… Nadie sabe nada, así que, ¿para que preguntar? Al fin y al cabo cada uno elige su camino, cada uno elige quien quiere ser o quien quiere dejar de ser, cada uno elige cómo quiere vivir y ver su vida. ¿O no? Quizás no. Quizás estemos condenados a ser quienes somos, a ver las cosas como las vemos, a sentirlas como las sentimos, y a sentirnos tan vulnerables, o tan fuertes, o tan… ¿felices? ¿Qué clase de persona eres tú? ¿Eres de las que cree que puede marcar los límites de su propio camino e ir forjando las huellas que se ciernen sobre él? ¿O eres de esas que, por lo contrario, crees que vivirás eternamente condenada a ser cómo eres?

Creo que yo lo único que busco es vivir un instante que haga que me tiemblen las piernas. ¿Y tú, que buscas?